Carretera y paredes del cementerio donde ocurrieron los hechos. Es así como se encontraba en aquellos tiempos de hace casi cuatro décadas,
Hace años que ocurrió aquí un caso del que, si no fui testigo, estuve muy cerca de serlo. De ahí que la información para escribir este relato fue muy directa y, además, de distintas fuentes. Pues, pasado el apuro del momento, hasta para el protagonista tuvo mucha gracia. De verdad que la cosa no fue para menos, aunque sea una historia tan manida como la de muertos y cementerios. Ahora esos personajes y esos lugares no impresionan tanto como hace años. Quizás sea porque la sangre televisada, las guerras cercanas, los desastres naturales y las películas de tumbas, nos han inmunizado contra la superstición y el miedo.
El personaje del relato iba como acompañante de un entierro. Según aquellos tiempos, el cortejo fúnebre acompañaba andando al difunto hasta el cementerio. Mientras el cura echaba el agua bendita al féretro, rezaba la última oración con la participación de dolientes y personas presentes, y los albañiles procedían a tapar con ladrillos el hueco del nicho, la persona de nuestra historia se adentró entre las tumbas. Puede que con la intención de visitar algunos parientes muertos. Ensimismado en sus pensamientos, perdió la noción del tiempo, y cuando quiso darse cuenta, se había marchado el cortejo fúnebre, el cura, los albañiles y hasta el enterrador, que cerró la puerta del camposanto.
Imaginamos la impresión de primer momento. Hubo de buscar una solución urgente, ya que golpear la puerta no le dio resultado, y la noche no tardaría en echarse encima. En el mes de noviembre ya empezaba a anochecer muy pronto y las sombras del atardecer son muy duras y muy negras. No había más solución que escalar la pared que daba a una carretera, por la que muchos labradores montados en sus bestias entraban en el pueblo. La pared media algunos metros de altura. Corrió arriba y abajo entre las tumbas hasta encontrar un trozo de pared un poco más baja. Y ya arriba empezó a gritar y agitar los brazos…
¿Cómo acabarían de contar la historia los labradores que le vieron y que no le reconocieron? Unos se volvieron para atrás, otros, se salieron de la carretera, otros aligeraron el paso, otros salieron corriendo en cualquier dirección…¿Quién podía pensar que aquello que chillaba y agitaba los brazos encima de las tapias de un cementerio, no era un muerto? ¿Y cuál hubiera sido el final de la historia si una persona menos supersticiosa, más serena y valiente, no le hubiese reconocido?





